¡No te soporto, mamá!

Suelo escuchar ejemplos de situaciones familiares, donde la relación de un hijo o hija con su mamá se vuelve especialmente irritante y tormentosa para ambos. Me pregunto: ¿Por qué es más frecuentemente con la madre el enfrentamiento?

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Después de analizar y reflexionar sobre distintos casos que he tratado, puedo decir que la madre en nuestra sociedad suele ser (no siempre) la figura de mayor apego. Suele ser el apoyo, la referencia de sus hijos y estar en general más próxima a la crianza. Entonces también en un momento del crecimiento y con el paso del tiempo, se hace indispensable romper algunos lazos muy ajustados, ganar independencia y libertad, para encaminarse al equilibrio emocional e ir construyendo, por nosotros mismos, como jóvenes adultos, nuestra propia identidad. Podría pensarse que el apego fuerte del niño, si no va cediendo, se vuelva conflicto del joven que debe lograr su autovalencia.
Un joven me dice: “Sé que mi vieja tiene razón, igual, no me interesa, quiero poder equivocarme”. Y otra: “La quiero a mi mamá, pero últimamente no la soporto, se mete en todo”. O también: “Todo lo que dice mi mamá me irrita, no importa lo que diga, ni su saludo me aguanto”.
Cada situación tiene distintas particularidades pero es común entre ellos un problema que se agudiza, que genera enfrentamientos dolorosos y en donde falla la comunicación y también la reflexión sobre la actualidad de los roles. Y esto quiere decir que probablemente hay que pensar en cada uno de los protagonistas: madre/ hija o hijo.
Suele suceder que la madre tenga que revisar sus reacciones y sus intervenciones con este hijo que la está rechazando, probablemente hay algo de su manera de ser y de sus necesidades que no está respetando. Quizá tiene que ajustar su percepción al hijo o hija que tiene hoy, ya que ha crecido y hay que adaptarse a la actualidad ciertas costumbres. Aunque nos duela, como madres debemos dejar de hacer cosas tales como controlar si comen o no, si salen o no, sus vínculos con amigos o parejas, etc.
Un exceso de preocupación, puede ser entendido como sobreprotección, como subestimación o franco entrometimiento nuestro en la vida de los jóvenes, que sienten que coartamos su libertad o que opinamos sobre lo que hacen o no.


Muchas veces, como madres, nos mueve la preocupación por el bienestar de nuestros hijos, y damos concejos u opiniones que no fueron pedidas. Además tenemos que considerar que en general los hijos quieren vivir sus experiencias, que sean originales y especiales. Repetir las experiencias de los padres no es muy alentador. A su vez, probablemente nuestros hijos vean errores en nuestra vida y en nuestra manera de ser y hacer y no quieren parecerse tanto a nosotros. En general no somos modelos de vida muy atractivos.
Es por esto que conviene dar un paso atrás, tomar una distancia, dejar que estar tan atentas a sus acciones. Esperar a que nos pidan participación, dejarlos ensayar, respetar decisiones, que aunque no nos gusten o no fueran las que nosotras consideramos las más adecuadas o las mejores, valen por ser propias y genuinas.
Como dice la canción de Serrat, refiriéndose a los hijos o hijas: “… que elijan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”.
Siempre es recomendable, tanto para las hijas y los hijos, como para las madres, la guía de un terapeuta en espacio de analisis. Se trata de un espacio propicio para acompañar estos momentos de crecimiento. ©

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