¿Por qué muchos pensamos que la escuela es una segunda oportunidad?.

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Trabajando como psicoterapeuta y como docente de nivel medio y superior, fui construyendo distintos conceptos relacionados con la escuela a través de los años.
Conociendo a los alumnos y a las alumnas, a sus familias en distintas modalidades, fui dándome cuenta de la diversidad de situaciones y de recursos de amor disponibles.
Sin distinción de lo económico, es evidente que muchos jóvenes tienen realidades familiares de soledad y desamparo durante la niñez y la adolescencia, por lo que el espacio escolar es la gran oportunidad cotidiana de recibir una mirada cariñosa, una frase de estímulo y un consejo que puede guiar en el aprendizaje y la socialización de la persona que está creciendo.
Sabemos que en la actualidad si el estudiante vive con ambos padres, situación que va dejando de ser tan frecuente, ellos trabajan y el joven queda largas horas solo, y cuando el grupo familiar se reencuentra suele ser cumpliendo con tareas como resolver la cena, ordenar o demás cuestiones domésticas, por lo que no hay posibilidad de comunicarse en profundidad o compartir charlas importantes. Agregando, además, que hay muchos adultos que siguen trabajando de manera virtual una vez que regresan a sus casas (respondiendo llamadas, mails o continuando tareas virtuales). Otros están, pero prefieren distenderse y distraerse frente a distintas pantallas, que generan evidente desconexión familiar.


Ese clima de agotamiento, falta de tiempo y necesidad de distracción es el que se vive en general en nuestros hogares. Entonces se genera un alejamiento de la realidad de los niños y niñas y una costumbre de desconexión que es muy difícil de revertir. Cuando ante un conflicto que se hace evidente (por ejemplo, no aprobar materias, consumir alcohol, estar desesperado por querer usar las redes virtuales en todo momento, tener miedo a todo y no poder socializar, etc.) es muy difícil recuperar el tiempo perdido, que se perdió en lo que se refería a tener una relación de confianza y de real conocimiento de las personas a las que estamos criando.
Es por eso que la escuela es un espacio de acompañamiento emocional, que permite con las distintas experiencias de aprendizaje completar (y lamentablemente en muchos casos) inaugurar instancias de comunicación y de construcción de la subjetividad en las que se requieren una presencia real de las y los docentes.


Cuando el docente tiene interés por su tarea, conoce la gran oportunidad de ofrecer elementos simbólicos a sus alumnos: valores, criterios, razonamientos, conocimientos y ganas de vivir se expresan y en muchos casos alojan a sus estudiantes de manera significativa para la vida de éstos.
Muchas veces, donde la familia está ausente, es la escuela y su gente los que sostienen el crecimiento y cuidado de los alumnos que lo requieren. Obviamente que no es lo recomendable, sino lo que vemos que termina sucediendo. Lo ideal es la presencia de la familia en lo que refiere a la crianza de los hijos, y luego el trabajo en conjunto con las instituciones escolares.
Tenemos que revisar nuestra disponibilidad en la crianza de nuestros hijos, las prioridades y valorar el gran trabajo que llevan adelante los docentes en las instituciones educativas.©

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