Ubicada a menos de 50 kilómetros de Barcelona capital, esta pintoresca villa turística invita a realizar una escapada para disfrutar de las aguas de la costa catalana.

El viajero llega a Sant Pol de Mar,  un antiguo pueblo de pescadores, casas blancas, calles estrechas y playas bañadas por aguas cristalinas. Ubicada en la comarca del Maresme, a tan sólo 43 kilómetros de Barcelona capital, en España, esta localidad costera surgió en torno al  Monasterio de Sant Pol, en el siglo X.
Al recorrer las calles escalonadas de su casco antiguo podremos disfrutar del rico patrimonio arquitectónico, con construcciones modernistas, como las antiguas escuelas, Can Planiol o Cal Dr. Roure, en que se aprecia la gran belleza del trabajo artesanal del hierro forjado y el azulejo pintado; con casas ochocentistas (indianas) como Ca l’Adroher, El Pla o Can Roca Ravell, que muestran la majestuosidad y la gran calidad artística con la mezcla de diferentes estilos y jardines decorados con fuentes y palmeras al puro estilo maericano; con edificios ligados a la tradición marinera de la localidad, como Can Coromines o Can Coderch; casas de veraneantes que se establecieron en Sant Pol, o como la Caseta del Motor que, situada en la playa de Les Barques, guarda el motor que se usaba para arrastrar las barcas desde el agua hacia la arena.
En la época medieval el pueblo vivió un período de esplendor, debido a la riqueza que generaba el monasterio. Su momento de máximo apogeo tuvo lugar entre los siglos XI y XIV, cuando se convirtió en un importante centro cultural que disponía de una biblioteca y un scriptorium. Pero a finales del siglo XV los monjes abandonaron el monasterio debido a la crisis económica general, las pestes y las guerras civiles.
En 1599 Sant Pol se independizó de San Cipriano, convirtiéndose en un municipio independiente.
El cultivo de viña, la comercialización de vino con América y una importante actividad pesquera le permitieron recuperarse.


Un paseo bordeando la costa desde la playa de Les Roques Blanques hasta la de El Morer, pasando por Dr. Furest y La Punta, invitan al visitante a descubrir la belleza de un entorno excepcional.

Tradicionalmente fue una villa de humildes pescadores, hasta el arribo de la línea de ferrocarril del Maresme, a finales del siglo XIX y principios del XX. La llegada del tren impulsó el sector industrial, que generó una nueva etapa de crecimiento y bonanza, junto a la agricultura diversificada y la pesca. El poblado volvió a adquirir renombre y eso atrajo a la burguesía y la clase alta de Cataluña, que lo eligieron como lugar de veraneo por su encanto y proximidad con Barcelona. Allí instalaron sus residencias estivales, que aún con conservan el esplendor de antaño.

Recorriendo las antiguas calles del casco antiguo, el viajero contempla su rico patrimonio arquitectónico. Por la mañana recorre la iglesia de Sant Jaume, que data del siglo XVI, pues sólo puede visitarse durante la misa -de lunes a domingo, a las ocho de la tarde, y los domingos y festivos, a las once de la mañana-. La edificación de estilo gótico tardío fue construida el 1590 sobre una pequeña capilla  y adosada a una torre vigía del siglo anterior que hasta hoy cumple la función de campanario. En el interior alberga una talla de madera de la Virgen María de Roser del siglo XVII y el grupo escultórico de La Piedad, obra del sevillano Juan Martínez Montañés.
Una vez fuera, sus pasos lo conducen hasta la Ermita de Sant Pau, que data del siglo XI. Por aquel entonces, la construcción formaba parte del Monasterio benedictino de Sant Pol del Maresme. En la actualidad, es el único resto que queda de este complejo religioso y el elemento más característico de Sant Pol. Un imprescindible es subir al monte de Sant Pau para disfrutar, a los pies de la ermita, de las impresionantes vistas panorámicas que muestran la costa del Maresme desde Sant Pol hasta Barcelona ciudad.

Hacer un alto en uno de los restos de la zona para saborear la cocina autóctona y tradicional, basada en la dieta mediterránea y elaborada con productos de proximidad.

Durante el almuerzo, el viajero degusta la deliciosa gastronomía regional, basada en pescados frescos y productos de la huerta. Por la tarde, el Paseo de la Punta le brinda otra visión de la costa. Situado en un entorno privilegiado, fue construido entre los acantilados y la mar para ofrecer un paseo agradable a los peatones. Desde tiempos remotos, La Punta fue un punto de encuentro y de ocio para los habitantes de la villa.
Las amplias playas de Sant Pol le ofrecen relajarse en las aguas catalanas. Su visita finaliza con la imagen de la costa recortada por las playas de arena limpia y granulada que recuerdan sus orígenes. ©

TXT: Grupo Editorial Metro I FOTOS: GEM

Comments are closed.