A más de un siglo de la colocación de su piedra fundamental, el edificio neogótico de Las Heras 2214 continúa despertando preguntas y alimentando leyendas. Pensado como sede de la Facultad de Derecho de la UBA, nunca llegó a completarse. Hoy, convertido en una de las sedes de Ingeniería, su condición inconclusa dejó de ser solamente el resultado de un proyecto frustrado: también es parte de su identidad y de su valor patrimonial.

Esquina conformada por la intersección de las calles Las Heras y Azcuénaga, pleno barrio de Recoleta. Tránsito vehicular y peatonal intensos. Tres mujeres pasan por la vereda y se persignan. Segundos más tarde, dos jóvenes intentan descubrir qué es el edificio. Detrás, un hombre y su hijo buscan en el interior algún rasgo que les permita descifrar el enigma que representa la construcción. Más tarde, una chica le explica a su novio que “el lugar no se terminó porque el arquitecto se pegó un tiro”.
La escena, con variantes, forma parte de la vida cotidiana de este rincón de Buenos Aires. La construcción de estilo neogótico ocupa una manzana delimitada por la avenida Las Heras y las calles Cantilo, Pacheco de Melo y Azcuénaga, y actualmente funciona allí una de las sedes de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires.
La construcción es imponente. Los muros de ladrillos desnudos evidencian el paso del tiempo; las altas arcadas, los vitrales y los detalles ornamentales atrapan hasta la mirada más distraída. Las plataformas cilíndricas vacías, pensadas originalmente para soportar esculturas, parecen denunciar las ausencias de un proyecto que nunca llegó a completarse.
La arquitectura gótica mantiene una relación histórica con las construcciones religiosas, desde monasterios y basílicas hasta grandes catedrales. Una de sus características más reconocibles es la búsqueda de la verticalidad, expresada en torres, arcos y pináculos. El edificio de Las Heras 2214 toma buena parte de ese lenguaje, aunque lo combina con técnicas constructivas modernas y con una escala monumental propia de la Buenos Aires de comienzos del siglo XX.

Un sueño incompleto

La historia comenzó en 1907, cuando la Universidad de Buenos Aires convocó a un concurso para construir una nueva sede para la Facultad de Derecho. El edificio que ocupaba entonces la institución, en Moreno 353, ya resultaba insuficiente para una comunidad académica en crecimiento.
Al concurso fueron invitados varios profesionales. Entre ellos estaba Arturo Prins, ingeniero recibido en la Universidad de Buenos Aires que también había estudiado arquitectura en Europa. Ninguno de los proyectos presentados fue adoptado tal como había sido concebido. Sin embargo, las autoridades solicitaron a Prins que reformulara su propuesta y adoptara un lenguaje neogótico.
Prins aceptó el desafío y viajó nuevamente a Europa para estudiar ese estilo. En la elaboración del proyecto definitivo contó, además, con la colaboración de dos jóvenes arquitectos italianos que posteriormente tendrían una destacada trayectoria en Buenos Aires: Francisco Gianotti, autor de la Galería Güemes y la Confitería del Molino, y Mario Palanti, responsable del Pasaje Barolo y del Hotel Castelar.
El resultado fue mucho más ambicioso que una simple sede universitaria. El proyecto ocupaba prácticamente toda la manzana y contemplaba un subsuelo, planta baja, tres pisos, patios interiores y una monumental torre central de más de cien metros de altura, acompañada por dos torres laterales. En el interior se proyectaban un gran hall de honor y una escalera monumental como ejes de circulación y representación.
La estética neogótica era, sin embargo, principalmente formal y decorativa. La estructura no seguía estrictamente los principios constructivos de las catedrales medievales. El edificio combinaba mampostería de ladrillos con grandes elementos metálicos y hormigón armado, una síntesis entre la tradición arquitectónica europea y las posibilidades técnicas de comienzos del siglo XX.

El domingo 23 de junio del año 1912 se colocó la piedra fundamental de la obra. El sueño se iniciaba para Prins y las autoridades de la Universidad de Buenos Aires.

Prins era consciente de la magnitud del proyecto. La escala y el nivel de detalle exigidos demandaban una inversión extraordinaria. La construcción avanzó, pero en 1914 el estallido de la Primera Guerra Mundial modificó el escenario económico internacional y elevó considerablemente el precio de materiales fundamentales, entre ellos el acero.
Las obras debieron interrumpirse. Recién en 1922 pudieron retomarse y, tres años después, el edificio tuvo una inauguración parcial. En 1925 comenzó a funcionar allí la Facultad de Derecho, aunque el proyecto original todavía estaba lejos de completarse.


 Las mudanzas de Derecho

El edificio recibió a estudiantes y profesores de Derecho, pero las dificultades económicas y las nuevas necesidades de la institución hicieron cada vez más difícil continuar con el proyecto original.
Las obras siguieron lentamente durante los años siguientes, hasta que en 1938 se tomó una decisión definitiva: abandonar la idea de completar el edificio de Las Heras y construir una nueva sede para Derecho.
El nuevo proyecto se levantaría sobre la avenida Figueroa Alcorta. La decisión significó, en los hechos, el final del sueño de Prins.
La construcción de Las Heras quedó inconclusa. Las torres proyectadas nunca llegaron a levantarse, algunos sectores jamás recibieron los revestimientos previstos y buena parte de la ornamentación imaginada para el edificio quedó solamente en planos.
Pero la historia no terminó allí.
En 1948, una vez concretada la mudanza de Derecho, el edificio pasó a la Facultad de Ingeniería de la UBA. Desde entonces comenzó una segunda vida para aquella construcción concebida originalmente como templo académico del Derecho.

Sede de Ingeniería

Desde hace décadas, los espacios que fueron pensados para abogados son utilizados por ingenieros. Las aulas, laboratorios, oficinas y talleres conviven con las huellas de aquel proyecto original.
El destino inicial todavía aparece en numerosos detalles. En las puertas, ventanas, herrajes y vitrales sobreviven símbolos vinculados con la Justicia, como la balanza. El mobiliario y las carpinterías fueron realizados especialmente para el edificio y conservan buena parte de la ornamentación que acompañaba la concepción original.
La convivencia entre ambas historias produce una particular tensión arquitectónica. En los mismos espacios donde alguna vez se estudiaron códigos y leyes hoy se forman ingenieros.
La sede también alberga al Museo de Ciencia y Técnica de la UBA, con una colección que reúne instrumentos, máquinas, maquetas y objetos vinculados con la historia de la ciencia y la ingeniería.
Así, el edificio fue incorporando nuevas capas de significado. Lo que comenzó como un proyecto destinado a representar a una de las instituciones jurídicas más importantes del país terminó convertido en un espacio de enseñanza, investigación, patrimonio y divulgación científica.

El mito de Prins

Pocas historias están tan asociadas al edificio como la de su supuesto arquitecto suicida.
Durante décadas circuló la versión de que Arturo Prins se había quitado la vida después de descubrir un supuesto error estructural que impedía terminar y revocar el edificio. Según la leyenda, el ladrillo habría quedado a la vista porque cubrirlo con revoque provocaría el colapso de la construcción.
La historia es atractiva. También es falsa.
La información histórica reunida actualmente por la Facultad de Ingeniería señala que Prins murió en 1939, en una clínica porteña, a causa de una enfermedad pulmonar. No se trató de un suicidio. Tampoco existía un error estructural que condenara al edificio.
Hay, incluso, un capítulo menos conocido de la historia. Prins estuvo vinculado al proyecto durante alrededor de treinta años, pero nunca llegó a cobrar la totalidad de sus honorarios. Sus hijos iniciaron posteriormente un juicio para reclamar el dinero adeudado y recién pudieron cobrarlo en 1962.
El mito, sin embargo, sobrevivió a los documentos. Y probablemente sobrevivirá porque ofrece una explicación sencilla para algo que visualmente parece inexplicable: ¿por qué una construcción tan monumental quedó a medio terminar?
La respuesta real es menos dramática y, al mismo tiempo, mucho más interesante. El edificio quedó inconcluso por una combinación de costos, dificultades económicas, cambios en las necesidades de la Facultad de Derecho y, finalmente, la decisión de construir una nueva sede.

Cuando lo inconcluso se convierte en patrimonio

Durante mucho tiempo, las partes sin terminar fueron vistas como una deuda pendiente. La ausencia del revoque, las torres y algunos elementos ornamentales parecía señalar aquello que el edificio nunca pudo ser.
Pero la mirada patrimonial comenzó a modificar esa interpretación.
En 2012 se llevó adelante un proyecto integral de intervención sobre las fachadas de la avenida Las Heras y de las calles Cantilo, Azcuénaga y Pacheco de Melo, además de los patios interiores. El trabajo incluyó relevamientos gráficos y fotográficos, estudios sobre los materiales y una investigación de los antecedentes históricos y diseños originales. La restauración del edificio concluyó en 2016.
La intervención tomó una decisión que puede parecer paradójica: no completar aquello que nunca había sido construido.
La premisa fue contundente: “lo no construido no se inventa”. En lugar de cubrir los ladrillos o reconstruir elementos a partir de suposiciones, se decidió conservar la imagen que el edificio había adquirido con el paso del tiempo.
De esta manera, la condición inconclusa dejó de ser interpretada exclusivamente como una falla. Los ladrillos a la vista, las partes ausentes y las formas que quedaron incompletas pasaron a integrar la memoria arquitectónica del edificio.
La restauración también abrió una nueva etapa de recuperación patrimonial. La FIUBA comenzó trabajos sobre los vitrales y otras piezas originales del edificio, mientras el museo y la propia Facultad continuaron desarrollando acciones de preservación y divulgación de su historia.

La Catedral que no fue

Hoy, la llamada “Catedral” de Las Heras sigue funcionando como una de las sedes de la Facultad de Ingeniería de la UBA. Allí se cursan Ingeniería Civil, Ingeniería Industrial, Ingeniería en Agrimensura e Ingeniería en Petróleo, además del Ciclo Básico Común de las carreras de Ingeniería. También funcionan institutos, departamentos, laboratorios y el Museo de Ciencia y Técnica.
El edificio cuenta, además, con Protección Estructural de la Ciudad de Buenos Aires, una categoría destinada a inmuebles que poseen valor histórico, arquitectónico, urbanístico o simbólico para la comunidad.
La historia tampoco quedó congelada. En los últimos años, la FIUBA continuó utilizando el edificio como espacio de divulgación de su propia historia. En 2024 y 2025 se realizaron recorridos y actividades vinculadas con su arquitectura, su patrimonio y los procesos de restauración.
Más de cien años después de aquella piedra fundamental, la construcción continúa provocando las mismas preguntas que alguna vez generó entre quienes la veían crecer: ¿qué iba a ser?, ¿por qué nunca se terminó?, ¿qué habría ocurrido si sus torres hubieran llegado al cielo?
Tal vez allí resida buena parte de su atractivo.
La “Catedral” de Las Heras no es exactamente una catedral, ni tampoco una obra abandonada. Es el resultado visible de un proyecto monumental que atravesó guerras, crisis económicas, cambios institucionales y mudanzas universitarias. Es también un edificio que encontró una nueva vida sin necesidad de ocultar aquello que le falta.
Prins imaginó una construcción coronada por una torre de más de cien metros. Esa torre nunca existió. Tampoco las dos torres laterales ni buena parte de la ornamentación proyectada.
Pero el edificio sobrevivió.
Y con el tiempo ocurrió algo inesperado: aquello que alguna vez fue considerado incompleto terminó convirtiéndose en su rasgo más reconocible. Sus ladrillos desnudos ya no hablan solamente de un sueño trunco. Hablan de una Buenos Aires que quiso construir su propia versión de Europa, de una universidad que cambió con la ciudad y de una arquitectura que encontró valor precisamente en aquello que decidió no completar.
Por incompleta no deja de ser monumental. Por importar un estilo europeo no deja de ser profundamente porteña. Y quizás, después de más de un siglo, su verdadera historia ya no sea la de una obra que nunca llegó a terminarse, sino la de un edificio que aprendió a vivir con lo que le falta. ©

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