Somos recuerdos

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El legado de Diego Armando Maradona trasciende las canchas de fútbol, forma parte de la nuestra historia y de la idiosincrasia argentina. Es bandera y referente de uno de los momentos de máxima alegría de nuestra país.

Los científicos aseguran que estamos hechos de átomos. Eduardo Galeano confesó que un pajarito le aseguró que estamos hechos de historias. Otros afirman que nuestra materia está formada por recuerdos. Al final, para bien o para mal, todos somos el recuerdo de alguien.
Los recuerdos se van formando y grabando día a día. La mayoría de ellos son privados y se relacionan a un ámbito familiar. Pero hay otros que quedan marcados en la historia colectiva y abarcan a un grupo de personas. Algunos son muy lejanos en el tiempo y los respetamos como un mandato: recordamos el desembarco de Colón los 12 de octubre, todos los 25 de mayo celebramos la Revolución de Mayo, festejamos Navidad los 25 de diciembre o nuestra Independencia los 9 de julio. Sin embargo existen otras fechas mucho más cercanas a nuestro tiempo que nos atraviesan en lo personal. Quienes lo hayan vivido recuerdan donde estaban en día que el Neil Armstrong puso un pie en la luna, o donde se enteraron de la muerte de John Lennon en 1980. Quizás alguna persona mayor recuerde donde celebró aquel 2 de septiembre de 1945 el final de la Segunda Guerra o donde lloró por el comienzo de la Guerra de Malvinas.
Todos los argentinos que lo vivieron, y mucho más los futboleros, recuerdan dónde estaban la tarde en que Maradona se convirtió en barrilete cósmico para dejar en el camino a tanto inglés; o guardan en su memoria con quienes se abrazaron y festejaron el 29 de junio del 86 cuando el Capitán levantó la Copa del Mundo.

Difícilmente olvidarán donde tomaban mate el 24 de junio de 1990 mientras veían como el tobillo izquierdo e hinchado de Diego hacia un ultimo esfuerzo para habilitar a Caniggia y ganar un partido imposible. Quizás no recuerden con precisión la fecha, aunque todos saben con quien compartieron aquella tarde de 1994, cuando Pelusa colgó la pelota del ángulo griego, con tanta precisión que ni Zeus ni ningún otro dios podría haber evitado. Más acá en el tiempo, la memoria nos muestra una tarde noche de tormenta, con Martín Palermo festejando de rodillas y con Diego zambulléndose en la piscina que a esa altura era el césped del estadio Monumental de River Plate.

“Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que
hizo con la mía” . El Negro Fontanarrosa.

La agenda de nuestra memoria deberá ahora hacer un marca en este 25 de noviembre, con el mismo color que habíamos marcado aquel 4 de enero del 2000, cuando el astro ingresó a un hospital uruguayo debido a un cuadro de arritmia ventricular. Pero este 25 es diferente. Es el día que ingenuamente pensamos que nunca llegaría. El día en que el 38% de lo que quedaba del corazón de Diego dijo basta. Fueron demasiados años, más de 45 gambeteando ingleses, alemanes, adicciones, fotógrafos, italianos, abogados, coreanos, periodistas e incluso a la mismísima muerte, a la que había encarado y desairado en varias ocasiones. Futbolista, entrenador, conductor, actor, motivador, cantante, padre, hijo, amante, mal ejemplo, modelo a seguir, periodista, oráculo, revolucionario, opinólogo, mago, héroe, villano, referente, artista… demasiadas vidas para vivir en tan solo 60 años.
Si en verdad estamos hechos de recuerdos, es fácil entender el amor y la devoción del pueblo argentino por Maradona, una figura que relacionamos con tantos momentos felices de nuestra historia, deportiva o no. Es imposible negar que el pueblo argentino es un pueblo futbolero. Todos tenemos un conocido, un amigo o un familiar amante del deporte por quien nos alegramos al verlo disfrutar de las simples alegrías generadas por este deporte, y Diego es responsable de muchas de ellas, sin duda de las más brillantes y épicas de esas alegrías nacionales.


Los más jóvenes, menores de 25 años, pensarán que este 25 de noviembre Maradona se volvió leyenda. Los napolitanos a la distancia inflarán su pecho diciendo que ellos lo sabían desde el año 1987, cuando Dieguito logró lo imposible alcanzando el primer Scudetto. Los argentinos cuarentones dirán que un año antes en Mexico, el 10 ya había alcanzado el nivel de mito, y los que tengan 10 años más sostendrán que el “Pibe de oro” ya era un semi dios en el mundial juvenil de Japón 1979. Un hombre mayor se acercará sonriendo y meneando la cabeza, preguntando porque tardaron tanto en darse cuenta que este pibe que juega en las inferiores de Argentinos Juniors tenía destino de héroe. Los más acérrimos creyentes de Diego jurarán que su leyenda nació el 30 de octubre de 1960 cuando, quizás siguiendo una estrella, Don Diego y Doña Tota llegaron hasta el Hospital Interzonal De Agudos Evita.
Desde Metro no queremos hacer un juicio de valor sobre su vida, porque como dijo el Negro Fontanarrosa: “Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”, solo queremos agradecerle por todas las alegrías que nos brindó y desearle un descanso en la paz, la que tan poco tuvo en este mundo. Gracias Diego, serás eterno. ©

 

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