A pesar de las restricciones legales que establecen la mayoría de edad para el acceso a las plataformas de apuestas virtuales, el fenómeno de la ludopatía entre los adolescentes argentinos está en aumento.

En Argentina, el 24% de los adolescentes de entre 12 y 17 años reconoce haber apostado dinero online alguna vez. La facilidad de acceso desde el teléfono, las billeteras virtuales, la publicidad vinculada al deporte y la proliferación de plataformas ilegales transformaron al juego en un fenómeno cada vez más cercano a los menores. Mientras el Estado avanza con nuevas medidas de prevención y regulación, especialistas advierten que el problema ya no puede pensarse únicamente como una cuestión vinculada al juego: también es un desafío de salud pública y de convivencia social.
El juego de azar dejó hace tiempo de estar asociado exclusivamente a casinos, agencias de lotería o salas de apuestas. Hoy puede estar dentro de un teléfono celular, disponible las 24 horas y a pocos clics de distancia. Esa transformación tecnológica modificó también el perfil de quienes juegan y, especialmente, la edad a la que muchos comienzan a tener contacto con las apuestas.
En Argentina, el fenómeno adquiere una dimensión preocupante entre los adolescentes. Según el estudio «Kids Online Argentina», realizado por UNICEF Argentina y UNESCO sobre más de 5.900 niñas, niños y adolescentes, el 24% de los jóvenes de entre 12 y 17 años afirmó haber apostado dinero en línea alguna vez. El porcentaje aumenta con la edad, aunque también alcanza a los más chicos: el 13% de quienes tienen entre 12 y 14 años manifestó haber realizado apuestas.
El dato resulta especialmente significativo porque el juego de azar está prohibido para menores de 18 años. Sin embargo, más del 60% de los chicos de entre 9 y 17 años asegura conocer a alguien que apostó dinero online y el 47% afirma conocer plataformas o aplicaciones de apuestas. Es decir, incluso quienes no apuestan directamente están expuestos a un entorno donde el juego aparece como una actividad cotidiana y socialmente aceptada.
La transformación tecnológica explica buena parte de esta expansión. En el modelo tradicional, apostar requería desplazarse hasta un lugar físico. En el universo digital, en cambio, alcanza con tener un teléfono y conexión a Internet. Las plataformas permiten apostar durante un partido, seguir las cotizaciones en tiempo real y realizar nuevas jugadas prácticamente de manera inmediata.


Las billeteras virtuales también modificaron las posibilidades de acceso. El dinero digital eliminó buena parte de las barreras que antes existían para realizar una apuesta y, en algunos casos, permitió que adolescentes utilizaran cuentas propias o de terceros para ingresar a plataformas. El problema se profundiza con los sitios ilegales, que pueden carecer de controles de identidad y edad.
En la Provincia de Buenos Aires, las autoridades identificaron precisamente ese punto como uno de los principales problemas. Actualmente existen siete plataformas autorizadas para operar legalmente en territorio bonaerense y el Instituto Provincial de Lotería y Casinos trabaja en la implementación de controles biométricos para reforzar la identificación de los usuarios. Al mismo tiempo, la Provincia desarrolla acciones contra sitios ilegales y busca establecer límites más estrictos para la publicidad de las apuestas.
La diferencia entre plataformas legales e ilegales resulta fundamental. Las primeras deben cumplir determinados requisitos y controles establecidos por las autoridades de cada jurisdicción. Las segundas pueden operar fuera de ese sistema y, en muchos casos, convertirse en la vía más sencilla para que un menor pueda comenzar a apostar.
Por eso, una parte importante de las políticas públicas actuales apunta a cerrar esa puerta de entrada. La Provincia de Buenos Aires cuenta con un plan específico de prevención de la ludopatía en jóvenes y adolescentes que combina campañas de concientización, trabajo en escuelas y clubes, capacitación, control de plataformas y asistencia. También se fortalecieron los mecanismos para denunciar sitios ilegales y la promoción de apuestas en redes sociales.
El fenómeno también comenzó a ser estudiado desde una perspectiva territorial. Un relevamiento realizado por la Provincia reunió más de 90.000 casos para dimensionar el impacto de las apuestas entre jóvenes y diseñar políticas de prevención y acompañamiento. La información forma parte del trabajo conjunto que las autoridades bonaerenses llevan adelante con organizaciones como la Cruz Roja Argentina.
Pero el problema no se encuentra únicamente en las plataformas. La publicidad ocupa un lugar central en la construcción de una cultura donde apostar aparece como algo normal. Durante los últimos años, las casas de apuestas ganaron una enorme visibilidad alrededor del fútbol y otros deportes. Publicidades, camisetas, transmisiones, influencers y redes sociales contribuyeron a incorporar las apuestas al paisaje cotidiano del entretenimiento deportivo.


Para un adolescente, esa exposición puede generar la sensación de que apostar forma parte natural de mirar un partido. La apuesta deja de aparecer como una actividad vinculada al azar y comienza a presentarse como una forma de participar activamente del espectáculo: anticipar quién marcará un gol, cuántos córners habrá, qué jugador recibirá una tarjeta o cuál será el resultado de una determinada jugada.
El problema es que ese vínculo puede modificar la manera en que se percibe el riesgo. La ilusión de conocimiento y control es especialmente fuerte en las apuestas deportivas. Saber de fútbol, seguir estadísticas o conocer a los jugadores puede generar la sensación de que existe una estrategia capaz de garantizar una ganancia. Pero las apuestas continúan dependiendo de acontecimientos imprevisibles y el jugador no controla el resultado.
Cuando aparecen las pérdidas, puede surgir otro mecanismo peligroso: intentar recuperar rápidamente el dinero perdido mediante una nueva apuesta. De esa manera, una actividad que comenzó como entretenimiento puede transformarse progresivamente en una conducta compulsiva.
La ludopatía digital se caracteriza precisamente por la pérdida de control sobre el juego. El problema no se define únicamente por cuánto dinero se apuesta ni por la cantidad de horas dedicadas a una plataforma, sino por el impacto que la conducta comienza a tener sobre la vida cotidiana, las relaciones familiares, los estudios, el trabajo y la economía personal. El propio Gobierno nacional advierte que el juego online se vuelve problemático cuando adquiere un carácter recurrente y aparece un impulso difícil de controlar pese a sus consecuencias negativas.
La respuesta institucional también comenzó a cambiar. En mayo de 2026, el Gobierno nacional presentó ante el Congreso un **Proyecto de Ley de Prevención de Ludopatía y Regulación de Juegos de Azar en Línea**. La iniciativa busca ordenar el mercado de apuestas digitales, fortalecer los mecanismos de protección de niños y adolescentes y establecer mayores restricciones sobre la publicidad.
El proyecto propone, entre otras medidas, reforzar los mecanismos de identificación de los usuarios, impedir el acceso de menores, establecer restricciones para determinadas transferencias de dinero y limitar las estrategias publicitarias que asocien las apuestas con el éxito económico, social o deportivo. También plantea medidas contra operadores ilegales.
Mientras el debate legislativo continúa, el Gobierno nacional profundizó durante 2026 las acciones de prevención. En junio, el Ministerio de Capital Humano lanzó una campaña destinada específicamente a prevenir las apuestas entre niños y adolescentes y brindar herramientas de orientación a las familias.
La problemática incluso llegó a las políticas sanitarias. El Decreto 771/2026, publicado el 21 de agosto, incorporó dentro de las competencias del Ministerio de Salud acciones vinculadas con la prevención, concientización, capacitación, investigación y abordaje integral de la ludopatía asociada a los juegos de azar y las apuestas. La decisión marca un cambio importante: el fenómeno comienza a ser tratado explícitamente desde una perspectiva de salud pública.
La discusión, entonces, ya no pasa solamente por prohibir que los menores ingresen a una página. El desafío es mucho más amplio. Implica controlar el acceso, perseguir las plataformas ilegales, regular la publicidad, trabajar con escuelas y clubes, involucrar a las familias y generar herramientas para detectar tempranamente conductas problemáticas.
También supone revisar la relación que la sociedad construyó con el juego. Durante décadas, apostar estuvo asociado a determinados espacios físicos y momentos específicos. La tecnología eliminó esas fronteras. Hoy una persona puede pasar de mirar un partido a realizar una apuesta en cuestión de segundos y volver a apostar inmediatamente después de perder.
Para los adolescentes, esa disponibilidad permanente representa un riesgo adicional. La etapa de desarrollo en la que se encuentran implica todavía un proceso de construcción de criterios para administrar el dinero, evaluar consecuencias y manejar los impulsos. Por eso, UNICEF advierte que las apuestas no constituyen una actividad apropiada durante la infancia y la adolescencia y recomienda que las familias hablen abiertamente sobre el tema, sin esperar a que aparezcan señales evidentes de un problema.
La prevención también requiere prestar atención a las señales. Cambios repentinos en el comportamiento, preocupación excesiva por el dinero, necesidad de conseguir fondos, ocultamiento del uso del celular, pérdida de interés por otras actividades o una atención constante a resultados deportivos pueden ser indicios de que el juego está ocupando un lugar problemático.
No todos los adolescentes que tienen contacto con las apuestas desarrollarán una adicción. Pero el crecimiento de la exposición y la facilidad de acceso obligan a prestar atención a un fenómeno que avanza mucho más rápido que la capacidad de las instituciones para regularlo.
El desafío de los próximos años será encontrar un equilibrio entre la existencia de una industria legal de juegos de azar y la necesidad de proteger a quienes tienen mayor vulnerabilidad frente a sus mecanismos. La tecnología difícilmente retroceda y las apuestas digitales tampoco desaparecerán. Lo que sí puede cambiar es la forma en que la sociedad decide enfrentarlas.
La pregunta ya no es solamente cuánto dinero se apuesta. También importa cuánto tiempo, atención y energía comienza a ocupar el juego en la vida de una persona. Y, especialmente cuando se trata de adolescentes, cuánto puede afectar una actividad que fue diseñada para entretener pero que, sin controles y prevención adecuados, puede convertirse en una puerta de entrada a una problemática mucho más profunda. ©

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