Salud mental adolescente

La adolescencia es un tiempo de situaciones complejas y muchas veces
enigmáticas en la vida de las personas.

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Si estamos a cargo de adolescentes, tenemos que considerar que es una edad, un período de mayor fragilidad y vulnerabilidad en lo que respecta a la salud mental.
¿Por qué? Porque es una época donde se viven muchos cambios: físicos, hormonales, cognitivos, emocionales. Ante tanta inestabilidad propia del crecimiento, se experimentan ajustes, desajustes y modificaciones que implican experiencias que sorprenden, por lo disruptivas y novedosas.
El o la adolescente se alarma y desorienta descubriendo que ya no le gusta lo que le gustaba, que siente ansiedad ante situaciones conocidas y desea cambios en su entorno o probar experiencias nuevas, pero que a la vez le dan miedo. También comienza a instalarse el razonamiento más maduro, abstracto, y se empieza a desplegar más contundente el principio de realidad. Por ejemplo, una paciente de 12 años me contaba de su profunda tristeza al dejar de lado la ilusión de esperar a Papá Noel o al ratón Perez. Si no surgen otros objetivos que reemplacen las ilusiones de la niñez, es lógico que sea desesperante incluirse en el “mundo adulto”.
A todo esto le tenemos que sumar la realidad social que en muchos casos no es alentadora y sí es muy confusa. Dentro del mundo de valores e intereses muchas veces se ofrecen simultáneamente mensajes contradictorio: el modelo de persona buena y considerada a la vez de la persona exitosa que avanza sin importarle su entorno o las consecuencias.
La contaminación ambiental, el poder desarrollar sus intereses de manera independiente, la salud de sus familiares, la pobreza, las guerras, la inseguridad y otros temas preocupan a los y las adolescentes. Y también nos preocupan a nosotros.


Para tener en cuenta:

1. Estimular la actividad física, el descanso de al menos 8 horas, la alimentación saludable.
2. Favorecer el contacto presencial de ellas y ellos con pares, en grupos de amigos y amigas o compañeros.
3. Siempre estar atentos a sus cambios, ser pacientes y tolerantes con posibles desajustes o cambios de humor propios de la edad.
4. Establecer límites claros y constantes con respecto a las rutinas, horarios para comer, dormir y compartir.
5. Estar dispuestos a escuchar, ayudar a reflexionar, ayudar a pensar, más dispuestos a escuchar que aconsejar. También ser coherentes con nuestro propio comportamiento ya que somos un ejemplo y debemos evitar grandes contradicciones.
6. Tener en cuenta que una consulta a tiempo, a un o una psicóloga, nos puede orientar y ayudar a prevenir o acompañar en situaciones más complejas.

Estar mejor es posible, implica dedicación y compromiso, como todos los temas importantes de nuestras vidas. ©

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