Dia del niño: 50 años

De los autitos y las muñecas a las consolas, los celulares y las experiencias. En cinco décadas cambiaron los juguetes, las costumbres familiares, la tecnología y hasta la manera de nombrar a quienes atraviesan la infancia. Un recorrido por medio siglo de celebraciones que también cuenta cómo cambió la sociedad argentina.

Cada agosto, las vidrieras se llenan de juguetes, las familias buscan ese regalo especial y vuelve una pregunta que parece sencilla pero que tiene una historia mucho más extensa: ¿qué significa ser niño en la Argentina de hoy? El próximo domingo 16 de agosto se celebrará el Día de las Infancias, una fecha que durante décadas fue conocida como Día del Niño y que, detrás de los regalos y las promociones comerciales, refleja buena parte de los cambios culturales, tecnológicos y sociales atravesados por el país.
La celebración tiene antecedentes que se remontan a mediados del siglo XX. La Cámara Argentina de la Industria del Juguete señala que desde 1945 los fabricantes comenzaron a realizar donaciones a hospitales, escuelas y orfanatos durante agosto, una iniciativa que durante la década siguiente fue tomando forma como una fecha destinada a celebrar a los chicos.
En 1960 quedó instalada en Argentina la celebración del Día del Niño durante agosto. Durante las décadas siguientes, la fecha se transformó progresivamente en una de las jornadas comerciales más importantes para las jugueterías, pero también en una tradición familiar que atravesó generaciones.

Una infancia analógica

Para quienes fueron chicos durante los años 70, la infancia transcurría en un mundo considerablemente más analógico. Las calles, las plazas, los clubes y los patios de las casas eran escenarios cotidianos de juego. La bicicleta, la pelota, los autitos, las muñecas, los juegos de mesa y los juguetes de construcción convivían con algo que hoy puede resultar difícil de dimensionar: buena parte del entretenimiento infantil no necesitaba electricidad, conexión a internet ni una pantalla.
El televisor, por supuesto, ya ocupaba un lugar central en muchos hogares. Pero tenía una característica que hoy parece extraña: había que esperar el horario del programa favorito. No existía la posibilidad de elegir inmediatamente qué mirar.
El Día del Niño tenía entonces un ritual bastante reconocible. Había regalos, reuniones familiares, golosinas y salidas. Para muchos chicos, el valor del obsequio no estaba necesariamente relacionado con su precio: una bicicleta, una pelota o un juguete largamente esperado podían convertirse en recuerdos que permanecían durante décadas.
Los años 70 también estuvieron atravesados por una Argentina profundamente convulsionada. La dictadura iniciada en 1976 modificó la vida cotidiana y el clima social del país. La infancia, como parte de la sociedad, tampoco quedó al margen de esas transformaciones. Décadas después, muchas personas recordarían aquellos años más por los juegos compartidos en el barrio, la escuela y la familia que por los objetos que recibieron.

Los años 80: televisión, personajes y nuevos deseos

Con la recuperación democrática en 1983 comenzó una nueva etapa social y cultural. La televisión adquirió todavía mayor protagonismo y los personajes infantiles comenzaron a convertirse en grandes protagonistas del mercado de juguetes.
La relación entre televisión y juguetes se hizo cada vez más estrecha. Un personaje visto en una serie, una película o una publicidad podía transformarse rápidamente en el objeto deseado para el Día del Niño.
También fue la década en la que los videojuegos empezaron a modificar la experiencia del juego. Las consolas y las máquinas de videojuegos introdujeron una nueva lógica: ya no se trataba solamente de tener un objeto para jugar, sino de interactuar con una pantalla, superar niveles, conseguir puntajes y competir.
Para muchos adultos que hoy tienen entre 40 y 60 años, los recuerdos de aquella época mezclan juguetes tradicionales con las primeras experiencias tecnológicas. Atari, los videojuegos en los locales de barrio y las computadoras hogareñas comenzaron a anticipar una transformación que se profundizaría durante las décadas siguientes.

Los 90: el juguete se convierte en fenómeno cultural

Si los años 80 acercaron la tecnología al juego, los 90 consolidaron una nueva relación entre infancia, televisión y consumo.
Barbie, Playmobil, muñecos articulados, autos a escala, juegos de mesa, consolas y videojuegos convivieron con una explosión de personajes provenientes de dibujos animados, películas y series. El juguete dejó de ser solamente un objeto y comenzó a formar parte de universos narrativos mucho más grandes.
La llegada masiva de franquicias internacionales también transformó las expectativas. Ya no se pedía simplemente “un muñeco”: se pedía el personaje específico, con determinada ropa, vehículo o accesorio.
En paralelo, la Argentina vivió durante esa década una expansión de los shoppings, los grandes centros comerciales y las cadenas de jugueterías. El ritual de comprar el regalo comenzó a incorporar una dimensión diferente: mirar vidrieras, recorrer locales y comparar productos pasó a formar parte de la experiencia.
Y hacia el final de la década apareció otro protagonista que cambiaría todo: internet.

De la computadora a la pantalla permanente

Durante los primeros años del siglo XXI, la computadora ingresó cada vez más en los hogares. Luego llegaron los celulares, las consolas más sofisticadas, las notebooks, las tablets y finalmente los teléfonos inteligentes.
La infancia comenzó a ser atravesada por un fenómeno completamente nuevo: el entretenimiento dejó de estar limitado a un lugar y a un horario.
La televisión se podía ver por internet. Los videojuegos podían jugarse online. Los dibujos animados podían elegirse a cualquier hora. Los chicos podían comunicarse con amigos sin estar físicamente juntos.
En paralelo, los regalos fueron cambiando. A las bicicletas, muñecas, pelotas y autitos se sumaron consolas, videojuegos, cámaras digitales, reproductores de música, celulares y dispositivos electrónicos.
Pero la tecnología no eliminó los juguetes tradicionales. Los transformó.
Los juegos de construcción, los rompecabezas, los juegos de mesa y los juguetes vinculados con la creatividad siguieron teniendo un lugar importante, muchas veces combinados con nuevas tecnologías. La frontera entre “juguete” y “dispositivo electrónico” comenzó a hacerse cada vez más difusa.

 


2020: la pandemia cambia las reglas

La pandemia de coronavirus marcó otro punto de inflexión. En 2020, el Día del Niño se celebró en un contexto completamente excepcional, con escuelas cerradas, restricciones para circular y familias atravesadas por el aislamiento.
La casa se convirtió simultáneamente en escuela, oficina, espacio de juego y lugar de encuentro. Las pantallas adquirieron una importancia todavía mayor, pero también volvió a valorarse aquello que durante años había quedado en segundo plano: cocinar juntos, dibujar, construir, leer, hacer manualidades y encontrar nuevas formas de entretenimiento dentro del hogar.
Ese mismo año ocurrió además un cambio simbólico importante. El Estado nacional comenzó a promover oficialmente la denominación “Día de las Infancias”, con el lema “Hay muchas maneras de vivir la niñez”. El objetivo era visibilizar la diversidad de experiencias infantiles y adoptar una perspectiva de derechos, contemplando diferencias sociales, regionales, de género, discapacidad y otras realidades.
El cambio de nombre no fue solamente semántico. Acompañó una transformación más profunda: la idea de que no existe una única manera de vivir la infancia.

La infancia también empezó a pensarse desde los derechos

Durante las últimas décadas también cambió radicalmente la mirada jurídica y social sobre niños y adolescentes.
Argentina aprobó en 1990 la Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por Naciones Unidas en 1989. El tratado reconoce a los menores de 18 años como sujetos de derechos y establece principios como el interés superior del niño, la no discriminación, el derecho a la participación y el derecho al desarrollo.
En 1994 la Convención adquirió rango constitucional en Argentina y en 2005 se sancionó la Ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.
Así, mientras la publicidad continuaba hablando de juguetes, regalos y deseos, la sociedad comenzaba a incorporar una mirada más amplia: la infancia también implica derecho a la educación, al juego, a la identidad, a la salud, a la participación, al descanso y a una vida libre de violencia y discriminación.

¿Qué quieren hoy los chicos?

La pregunta sobre cuál es el regalo más buscado ya no tiene una única respuesta.
Los juguetes tradicionales siguen presentes, pero comparten espacio con videojuegos, consolas, dispositivos tecnológicos, coleccionables, juegos de construcción, experiencias y propuestas vinculadas con la creatividad.
También aparece una tendencia interesante: el regreso de los juguetes y juegos que permiten desconectarse de las pantallas. Juegos de mesa, cartas, rompecabezas, kits de ciencia, arte, construcción y actividades al aire libre encuentran un nuevo público.
Y existe otra tendencia que hasta hace algunos años parecía impensada: los adultos también volvieron a jugar.
El fenómeno conocido como “kidult” —adultos que compran juguetes, coleccionan figuras, juegos de mesa o productos vinculados con franquicias de su infancia— se convirtió en un segmento importante de la industria juguetera internacional. La nostalgia funciona como motor de consumo y muchas marcas recuperan personajes, diseños y productos que fueron populares décadas atrás.
Por eso no resulta extraño que un adulto de 45 años compre una figura de una película que veía cuando era chico, o que una familia comparta un videojuego que combina generaciones.

Comprar también cambió

La manera de conseguir los regalos atravesó una transformación tan importante como los propios juguetes.
Hace algunas décadas, la escena era bastante simple: recorrer jugueterías, mirar vidrieras y elegir. Hoy una buena parte de la búsqueda comienza en internet, continúa en redes sociales y termina muchas veces con una compra online.
Los datos de la industria muestran esa transición. Durante el Día del Niño de 2025, las ventas de juguetes registraron una caída interanual del 5,2%, pero el comercio electrónico alcanzó el 24% de las operaciones, mientras que los locales físicos concentraron el 76%.
Es decir que la juguetería tradicional todavía conserva un lugar central, pero el proceso de elegir y comprar ya no necesariamente ocurre frente a una vidriera.
Las redes sociales también modificaron la manera en que los chicos descubren productos. Un juguete puede hacerse popular no porque aparezca en una publicidad televisiva sino porque se convierte en tendencia en YouTube, TikTok, Instagram o plataformas de streaming.

Cincuenta años después

En medio siglo cambiaron casi todas las cosas que rodean al Día del Niño: los juguetes, las marcas, la publicidad, las formas de comprar, la televisión, la tecnología, las relaciones familiares y hasta la manera de nombrar a quienes celebran la fecha.
Pero hay algo que permanece.
El juego continúa siendo una de las formas fundamentales mediante las cuales los chicos descubren el mundo. Puede ser una pelota en una plaza, una muñeca, una caja de cartón convertida en casa, un videojuego, un rompecabezas, una bicicleta o una experiencia compartida con amigos y familiares.
Y quizás allí esté la verdadera historia de estos cincuenta años. El Día de las Infancias no cuenta solamente qué juguetes quisieron los chicos de cada generación. Cuenta también qué sociedad los rodeaba y qué imaginaba para su futuro.
En 1976, el regalo podía ser un juguete que durara años. En los 90, podía representar al personaje favorito de la televisión. En los 2000, una consola o un dispositivo electrónico. Hoy puede ser un objeto, un videojuego, una experiencia, una salida o incluso algo tan simple como compartir tiempo.
Porque si algo cambió durante estas cinco décadas es justamente eso: cada vez resulta más evidente que celebrar la infancia no consiste únicamente en regalar cosas. También significa garantizar que todos los chicos puedan jugar, aprender, crecer, expresarse y tener la oportunidad de construir sus propios recuerdos.
Y esa es, probablemente, la parte de la celebración que menos cambia con el paso del tiempo. ©

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