Luces rojas en las calles, la decisión de Dinamarca que está cambiando la forma de iluminar las ciudades En algunas zonas del país europeo, el alumbrado público dejó de ser blanco para volverse rojo. La medida busca proteger la biodiversidad, pero abre un debate sobre seguridad vial y el futuro de las ciudades.
Caminar de noche por ciertas calles de Dinamarca puede generar una sensación extraña. No es niebla, ni un efecto visual, ni una intervención artística: es la luz. Roja. Intensa, inusual, casi cinematográfica. Un cambio que sorprende, pero que responde a una lógica cada vez más urgente: la de convivir mejor con el entorno.
Lejos de una decisión estética o futurista, este viraje en el alumbrado urbano tiene un objetivo concreto. En municipios como Gladsaxe, al norte de Copenhague, comenzaron a reemplazar las tradicionales luces blancas por iluminación roja en tramos específicos. ¿La razón? Proteger a una de las especies más sensibles a la actividad humana: los murciélagos.
La ciudad que no duerme… y el problema que eso genera
Durante años, iluminar más fue sinónimo de progreso. Calles más claras, mayor seguridad, más actividad nocturna. Pero ese modelo empezó a mostrar sus límites. La luz artificial, especialmente la de tipo LED blanco o azulado, altera profundamente los ecosistemas nocturnos.
Para los murciélagos, por ejemplo, la iluminación intensa funciona como una barrera invisible. Interfiere en su capacidad de orientarse, de cazar y hasta de reproducirse. En otras palabras, la ciudad iluminada puede volverse un territorio hostil.
Ahí es donde aparece la luz roja como alternativa.
Rojo: menos impacto, misma función
A diferencia de otros espectros, la luz roja resulta mucho menos invasiva para la fauna nocturna. Diversos estudios demostraron que los murciélagos prácticamente no modifican su comportamiento ante este tipo de iluminación, algo que sí ocurre con la luz blanca.
El resultado: calles iluminadas, pero con un impacto ambiental significativamente menor.
En Dinamarca, la implementación es puntual. No se trata de un reemplazo masivo, sino de intervenciones estratégicas en zonas cercanas a hábitats naturales. Es, en esencia, una solución de equilibrio.

¿Y qué pasa con los conductores?
El cambio, claro, no está exento de debate. La luz roja modifica la percepción visual: reduce el contraste y puede afectar la capacidad de distinguir detalles o calcular distancias con precisión.
Esto abre una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto se puede priorizar el ambiente sin comprometer la seguridad vial?
Por ahora, la respuesta danesa es cauta. La iluminación roja se aplica en sectores específicos y bajo evaluación constante. No reemplaza completamente al sistema tradicional, sino que convive con él.

Un nuevo paradigma urbano
Lo que está ocurriendo en Dinamarca es parte de una tendencia más amplia. En distintas ciudades europeas, la discusión sobre la contaminación lumínica gana terreno y obliga a repensar cómo se diseñan los espacios públicos.
Ya no se trata solo de iluminar más, sino de iluminar mejor. O, mejor dicho, de iluminar con criterio.
La imagen de calles teñidas de rojo puede parecer extraña hoy, pero quizás sea una postal adelantada de lo que viene. Un urbanismo más consciente, donde cada decisión —incluso el color de una luz— tenga en cuenta su impacto.
Porque en tiempos de crisis ambiental, las soluciones no siempre pasan por grandes obras. A veces, empiezan con algo tan simple como cambiar una lámpara. ©
TXT: Grupo Editorial Metro . FOTOS: Web


