Las Chicas
de la Guerra


El recuerdo de seis mujeres voluntarias
que se alistaron como instrumentistas
en el Almirante Irizar.

En Buenos Aires se vivía una realidad. La guerra se traslucía a través de las imágenes que nos mostraban en la televisión o los comunicados. Pero de Bahía Blanca hacia el sur, era todo completamente distinto, era otro país, otra visión.
En el fuego cruzado del Atlántico Sur, veinte mujeres civiles y voluntarias trabajaron distribuidas en diferentes embarcaciones afectadas al conflicto. Cinco instrumentadoras del Hospital Militar Central de Capital Federal y una del Hospital Militar de Campo de Mayo, llegaron a Puerto Argentino en el ARA Almirante Irízar, entonces convertido en buque hospital. La séptima mujer en Puerto Argentino fue Doris West, una enfermera a bordo del Formosa.
En 1982 no había mujeres incorporadas con grado militar a las fuerzas armadas. Comenzado el conflicto, el Director del Hospital Militar de Puerto Argentino, Dr. Enrique Zeballos, realizó una convocatoria de instrumentadoras quirúrgicas y ellas sintieron que debían ayudar desde su lugar, aportando sus conocimientos, su entrenamiento, su trabajo solidario para defender los derechos de la Patria. Los primeros días de junio embarcaron en un avión civil con destino a Río Gallegos.
Todas eran jóvenes de entre 20 y 25 años. Norma Ethel Navarro, María Marta Lemme, Susana Maza, María Cecilia Ricchieri y Silvia Barrera eran compañeras de trabajo y conocieron a María Angélica Sendes, proveniente de Campo de Mayo, al comenzar el viaje que marcaría el resto de sus vidas.
Al momento de partir, Susana habló con su hija de seis años, que quedó al cuidado de su abuela, y se despidió sabiendo que la niña la apoyaba, que entendía la importancia de lo que iba a hacer.
Las seis instrumentadoras quirúrgicas fueron transportadas en helicóptero a Punta Quilla, donde las esperaba el Irízar, con una tripulación propia y otra conformada por los equipos de sanidad naval. Navegaron la distancia que los separaba de Puerto Argentino en el buque identificado como hospital. Llegados a las islas, el Dr. Zeballos y el Comandante Luis Prado decidieron que las seis mujeres quedaran afectadas a la tripulación del buque, se combatía en Puerto Argentino, el cese de fuego estaba cerca. Allí, asistieron a los heridos y colaboraron en su evacuación.
El buque hospital estaba muy bien equipado, con 260 camas, en sus bodegas se dispusieron dos salas de terapia intensiva, tres quirófanos, una sala de terapia intermedia y dos de terapia general, además de laboratorios de análisis clínicos, sala de quemados, de radiología y de internación. Allí se trataba a los heridos a diario, ellos llegaban con una pequeña historia clínica en la que constaba el tipo de afección que estaban sufriendo y el tratamiento que se les había efectuado o la indicación para administrarlo. Se los clasificaba de acuerdo a sus dolencias. “Tanto los heridos como el personal que los embarcaba, se extrañaban al ver mujeres. Éramos jóvenes pero ellos veían en nosotras el aliento, la contención, el consuelo, el afecto que representa la mujer”, cuenta Susana Maza, una de las seis instrumentadoras.
Las seis compartían un camarote y se dividieron las tareas, “éramos como seis hermanas, siempre muy juntas”, relata Susana, algunas trabajaron en terapia intensiva, otras en la clasificación y recepción de pacientes, y, en general, colaborando con los médicos de sanidad naval. Cada una cumplía una función, se turnaban y, en la mayoría de las ocasiones, descansaban poco, la adrenalina era mucha. La experiencia fue muy interesante tanto desde el punto de vista humano como del profesional, fue un gran aprendizaje, “fueron vivencias muy enriquecedoras a nivel académico y humano”, continúa Susana, “si bien sabíamos que nos encontrábamos en un frente bélico y suponíamos qué podíamos encontrar allí, hubo momentos muy emotivos, por ejemplo, cuando escuchamos por altavoces acerca de la llegada del Papa, la oración de todo el pueblo argentino, o la noticia del cese de hostilidades. Fueron momentos muy conmovedores, en los que se empieza a reflexionar sobre todo lo que se ha hecho y que es lo que se consigue.”
Tras el cese de fuego, los heridos fueron evacuados. El Irízar los trasladó al continente, fueron desembarcados en Comodoro Rivadavia. El buque regresó a Puerto Argentino con el objetivo de traer, junto al ARA Bahía Paraíso, a los pacientes que aún estaban allí. El resto de los soldados serían prisioneros de guerra. Ellas regresaron de las islas el 20 de junio, era domingo, se celebraba el día de la bandera y el día del padre. Un Focker de la Fuerza Aérea las depositó en Palomar. Era de noche cuando abandonaron el avión, sus familias las estaban esperando. Por una cuestión estratégica, habían sido pocas las oportunidades en que pudieron establecer contacto con los que las esperaban aquí, pero habían podido avisarles que regresaban a salvo. Sobrevinieron la emoción, los abrazos, el llanto. La hija de Susana le entregó un diario escrito con la ayuda de su tía. En él le contaba a su mamá todas las actividades que había hecho cada día. Susana aún guarda ese “tesoro” y se emociona al recordarlo.
Los días que pasaron ancladas en el buque hospital fueron intensos, las vivencias fueron tan profundas que ”parecieron ser diez años, en lugar de diez días”, cuenta Susana.
Al día siguiente, intentaron reinsertarse en la rutina, a las 7 de la mañana se presentaron en sus puestos de trabajo del Hospital Militar, era otra realidad. El director del hospital les otorgó una licencia para que pudieran estar con sus familias, descansar, reacomodarse. “El regreso fue muy shockeante”, asegura Susana Maza, “habíamos vivido situaciones extremas”.
A treinta años del conflicto, Susana Maza asegura que los recuerdos de Malvinas le generan un sentimiento que no puede definir y agrega que “fue una experiencia enriquecedora. Si tuviera que volver a repetirla, no dudaría en hacerlo. Es muy importante que “Malvinas” nunca haya tenido distinción política, es de todos los argentinos”.
Susana sigue trabajando en el Hospital Militar con sus compañeras Silvia Barrera y María Marta Lemme, quienes junto a ella, recorren el territorio nacional dando charlas, colaborando a mantener vivo el recuerdo de Malvinas; Cecilia Ricchieri se recibió de médica, Norma Navarro continúa su labor en otro hospital y María Angélica Sendes se retiró de la actividad. El regreso a las islas es una asignatura pendiente. Mientras tanto, atesoran sus propias Medallas al Valor, guardan Diplomas y Condecoraciones, y colaboran a mantener vivo el recuerdo.
Ellas son las Veteranas de Guerras cuya existencia muchos desconocen. Para ellas, hoy, nuestro homenaje. ©